Carlos Álvarez Rdz.
El pasado lunes 11 de noviembre, se ofreció en la Universidad del País Vasco de Leioa una obra de teatro muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Un espectáculo interactivo en el que todos los participantes, de una u otra forma, pudieron tomar parte. Etorkizulan no es más que que una forma original que el Programa de Apoyo a Emprendedores de la UPV ha encontrado para transmitir toda la información que, como bien saben por experiencia, se hace pesada y aburrida con simples charlas.
La visita comenzaba igual para todos. Una máscara blanca y una sala de butacas en la que, entre música y humo, se dejaban ver tres mujeres que decían ser unos seres autómatas venidos del futuro capacitados únicamente para trabajar en un mundo con una sola nación donde no existían las guerras. Aquí se iniciaba un largo recorrido, de la mano de estos seres, de más de cuarenta minutos en los que todos los presentes se convirtieron, casi sin darse cuenta, en actores de la obra.
Surge entonces la primera pregunta, de la mano de un hombre que estaba sentado en una butaca. Ambientados en la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, nos plantean tres opciones: guillotinar, encarcelar o liberar al rey Luis XVI. Aún con algo de timidez, los participantes se fueron soltando y, casi por unanimidad, decidieron encarcelarle, en contra de lo que escribe la historia.
Tomada la decisión, unos metros más adelante nos adentrábamos en una taberna donde Cristobal Colón, sin percatarse de nuestra presencia, hacía el amor con la tabernera. Unos segundos después habría que tomar la primera decisión que dividiría al grupo: ¿quién puede hacer algo de utilidad para acompañar en su nueva aventura a Colón?.
Los seleccionados deberíamos continuar nuestro camino para, pocos metros y muchos años más adelante, ayudar en una enfermería de la Segunda Guerra Mundial. Piernas amputadas, disparos en la cabeza, heridas en los ojos... en nuestras manos estaba salvar sus vidas y, para tranquilidad de los lectores, así fue. Todos los heridos sobrevivieron excepto una mujer a la que, casualmente, atendía yo.
En la siguiente sala dividieron a los actores-espectadores en grupos de ocho personas y estos, a su vez, en dos grupos de cuatro. Mientras uno de los grupos, como si de una rueda de reconocimiento se tratara, esperaba de pie y en fila en una lado de la sala con varios focos apuntándoles, el otro les daba órdenes con un micrófono y un cristal tintado de por medio. "¡Número 1, baila con número 2", "¡número 3, descálzate!", "¡Cantad, todos!"... Por desgracia para las "víctimas" no tuvieron opción de vengarse.
Era hora entonces de terminar el recorrido juntándose todos los participantes en una final revolución industrial, en la que el patrón, con ayuda de sus colaboradores, daba órdenes continuamente a los trabajadores. Los seres del futuro, que desde el principio nos acompañaban, iniciaban unas protestas entre los empleados que terminarían con la victoria.
Ya había terminado el teatro cuando, en una sala de la planta superior, nos confesaron que habíamos sido los únicos que habían decidido encarcelar, que no guillotinar, a Luis XVI. ¿Habríamos cambiado el curso de la historia?


